domingo, 1 de septiembre de 2013

CRÓNICA DE UN PARO MALOGRADO

¿Quién salvó a Santos de la debacle?

200 años de abandono a nuestros agricultores y pequeños productores de leche estuvieron a punto de acorralar, hasta la renuncia, al Presidente de la República. La situación tuvo que ser muy desesperante para que ese gremio pacífico, noble y resignado decidiera salir a las carreteras por donde pasan los productos importados y subsidiados que los tienen en quiebra. Y todo por cuenta de la entrada en vigencia de varios tratados de libre comercio que permiten entrar, sin el pago de aranceles, productos agrícolas y lácteos que nunca hemos comprado a precios justos a nuestros campesinos. 

Por esto, como casi nunca lo hacen, los campesinos de Colombia se deciden a protestar. Empezaron los de Boyacá, se sumaron los de Nariño y Huila. Luego el paro se extendió como la sangre hirviente de sus venas y el paro se volvió Nacional. Con más de 80 vías bloqueadas y regando miles de litros de leche al piso, miles de campesinos iniciaron pacíficamente la protesta. Nos cuesta más venderla que botarla, decían. Los paperos dijeron lo mismo.

GARRAFAL ERROR 1.

El presidente Santos, que es más torpe que malo, no vio o no quiso ver lo que todo el país estaba presenciando. Por eso negó la existencia del paro agrario ante los medios de comunicación olvidando que los medios de comunicación ya no son los portadores exclusivos de las noticias. Entonces las redes sociales, ese medio masivo de expresiones individuales que cada vez se vuelve menos alternativo y más protagonista, se convulsionaron ante la miopía de nuestro presidente y le hicieron tragar sus palabras haciendo visible el paro agrario con etiquetas (hashtag) como #YoMePongoLaRuana #UnTalParo #ParoAgrario. Otros grupos de indignados aprovecharon el levantamiento nacional para exigir #Gasolina_A_5mil. Pareciera como si las palabras ofensivas y hasta ingenuas del Presidente hubiesen multiplicado por mil los efectos del paro, porque enseguida anunciaron su adhesión los estudiantes, representados por la MANE, Fecode, sindicatos.  La idea era no solo apoyar a nuestros campesinos sino también dejarle claro al presidente que “el tal paro agrario” si existía. Y a fe que lo consiguieron.


LA RUANA SÍMBOLO NACIONAL DE LA PROTESTA

El Paro fue la noticia nacional e internacional de la semana. La ruana se convirtió en un símbolo de la lucha campesina y muchos lo adoptaron como avatares de sus cuentas en Twitter y Facebook. Total, mientras nuestros campesinos soportaban el frío y la lluvia para sostener el paro, este se convirtió en un llamativo producto publicitario, incluso más exportado por los medios de comunicación que los productos de sus protagonistas. Por youtube empezaron a circular videos de la policía cometiendo excesos, marchas de respaldo espontáneas y un documental de Victoria Solano en el que se mostraba como el ICA destruía sin misericordia 62 toneladas de semillas de arroz por no haber sido compradas a empresas gringas (certificadas). Tantas injusticias juntas redundaron en el aumento paulatino de la rabia, ya no de los campesinos sino, ahora, de toda Colombia.

Entonces hicieron su aparición los oportunistas que nunca faltan, los que quieren pescar votos en río revuelto y se sumaron al paro buscando protagonismo. Y se volvió tan popular el paro que incluso los generadores de las causas que desembocaron en él, se sumaron. Expresidentes que negociaron el TLC con los Estados Unidos y que nunca hicieron nada por los campesinos salvo desplazarlos a las ciudades sin tierra y con con las manos vacías, parlamentarios que aprobaron los tratados en el seno del Congreso y Partidos que pertenecieron a las alianzas gubernamentales para sacar a pupitrazo limpio los TLC, terminaron apoyando a los campesinos. Hipocresía Nacional, deporte de élites que pocos notan porque es tan común en nuestros políticos.  Lo cierto es que izquierdas y derechas se encontraron cara a cara y caminaron juntas de la mano en ese objetivo común de tumbar a Santos. Y marcharon juntas, hicieron sonar juntas las cacerolas y alimentaron con tuits y mensajes en Facebook esta que parecía ser la movilización social más grande de la historia.

Asustado porque ese paro cuya existencia había tratado de negar, crecía como bola de nieve incontenible, el gobierno envió a sus negociadores desmontando su amenaza de no negociar hasta que las carreteras fueran despejadas. No le quedaba otro camino. Ante tamaña evidencia, el Presidente reconoció el “Paro”, ahora con mayúsculas, ofreció disculpas a los campesinos por haber menospreciado su movimiento, le chutó la pelota al ministro de agricultura tratándolo de inepto e incumplido y quedó en desventaja o en una posición débil para negociar. Se preveía una "abertura de piernas", o una b"ajada de pantalones" sin antecedentes que, desde luego, beneficiaría las pretensiones más que justas de nuestros campesinos.

Todo estaba listo para que el pliego de peticiones fuera aceptado, casi en su totalidad. Faltaba un poco de presión. El 28 y con base en los resultados del cacerolazo espontáneo que se suscitó en la plaza de Tunja días atrás, grupos interesados en conseguir votos convocaron cacerolazos en todo el país con relativo éxito. Marchas pequeñas iban y venían de un lado a otro de las ciudades. El gobierno se notaba cada día más debilitado. Por estrategia, los campesinos dilataban la negociación fortaleciendo sus posiciones. Debían  extenderla hasta después del 29 de agosto, día en que los estudiantes se sumarían a la protesta. Esa presión les daría mayor poder de negociación 


EL DIA D

Entonces llegó el 29 de agosto, día de las marchas estudiantiles. Para anticiparse a la arrolladora victoria de los manifestantes unidos al paro, Juan Manuel Santos salió muy a las siete en punto de la mañana por todas las cadenas de televisión (qué exageración, Colombia solo tiene dos) y pronunció, quizá su peor discurso de la historia. No es Santos un hombre muy elocuente ni muy hábil con la palabra, nunca lo ha sido, pero esta pobre, desafortunada y mal asesorada alocución, lo graduó de tonto nacional. Quiso hacer un “aló presidente” y terminó haciendo un “stand up comedy”. Apuntes tan inapropiados para el momento como contarles a los campesinos que la cadena de cafeterías Starbucks abriría 50 negocios en todo el país o que Cocacola montaría en Tocancipá la planta más grande de Latinoamérica (Todo lo que se monta en Colombia es lo más grande Latinoamérica), cayeron como baldado de agua fría a los campesinos que, como si no lo supiera el presidente, estaban protestando, justamente, precisamente, enfáticamente, contra la proliferación de marcas extranjeras en Colombia como “Monsanto” la famosa procesadora de semillas certificadas por cuenta de la cual, y en virtud de la ley 970, enmarcada dentro de los acuerdos del TLC, miles de campesinos vieron destruir infamemente sus semillas caseras y artesanales de una manera aplastante y humillante.

Nunca antes habíamos visto un presidente más dessintonizado con la coyuntura y la realidad de un país como el que se presentó esa mañana en los dos canales de televisión.  Así que el propósito del gobierno de apaciguar los ánimos con una alocución en los medios surtió el efecto contrario. Los ánimos se caldearon y las calles de Colombia se llenaron con ríos de personas dispuestas a dar la estocada final al gobierno. La primavera criolla estaba a punto de hacerse realidad.

Como siempre y con gran alegría y aplastante entusiasmo, miles de estudiantes empezaron a caminar, con sus morrales a la espalda, desde diferentes puntos hacia las plazas mayores de las grandes ciudades.  Todo hacía presagiar, incluso, que el gobierno de Juan Manuel Santos tambaleaba. El país se paralizó. Empezaron a escasear alimentos en muchas ciudades y la movilidad se redujo a límites intolerables para la ciudadanía. Por las redes sociales, tres o cuatro tendencias de las diez que cuelga tuiter, pertenecían al Paro Agrario Nacional. No tiene precedentes en el país una movilización de este tamaño. Paradojas de la vida. El Gobierno que se la había jugado a fondo por restituir las tierras a los campesinos, reparar a las víctimas, en su mayoría campesinas, y hacer un censo agrario que no se hacía hace 60 años, estaba tambaleando por cuenta de una protesta campesina.  A Santos le tocó fundir el bombillo. Ese que muchos prenden y apagan y van desgastando hasta que llega un invitado a la casa y lo funde. A ese le echan la culpa: ¿Fundió el bombillo? ¡Lo paga! Y Santos pagó el bombillo fundido, por no decir los platos rotos, porque los gobiernos anteriores empezando por el de Cesar Gaviria con una apertura sin preparar al país y el de Samper que creo las Convivir cuyos asociados desplazaron 5 millones de campesinos y el de Pastrana que le entregó 44 mil km2 de territorio a las Farc para que encarcelará allí a los secuestrados y el de Uribe con su canalla Agro Ingreso Seguro que llenó los bolsillos ricos terratenientes con nuestros impuestos, ya habían hecho méritos suficientes para una revuelta tal vez peor.

Muy solo, porque los congresistas de la Unidad Nacional se escondieron y ninguno de sus ministros y exministros salieron a respaldarlo, y a punto de colapsar, Santos ya presagiaba lo peor cuando del cielo le llegó un salvavidas, del tamaño de su soledad, y lo salvó de la debacle. No fue Jota Jota Rendón con sus cuestionables y poco éticas recomendaciones, tampoco Vargas Lleras su mano derecha y exministro de Vivienda, menos su Ministro de Gobierno Carrillo tan de bajo perfil en esta crisis y menos uno de los genios que lo asesoran en su primer discurso. El salvador se apareció disfrazado de odio, con capuchas en sus cabezas, fuego en los ojos, gruesas palabras en sus bocas y con piedras y palos en las manos. No eran otros que los violentos que nunca faltan, y que llegaron de manera providencial a salvarle la vida a Santos. No se sabe de dónde salen. Nunca se sabe. Algunos dicen que son infiltrados de las guerrillas. Otros dicen que son infiltrados del ejército interesados en causar caos para deslegitimar la protesta y justificar el uso de la fuerza. Lo cierto es que llegaron y le arreglaron la vida al Presidente. Las ciudades se volvieron un caos. Negocios destruidos y  saqueados, cajeros electrónicos arrancados de raíz de su bases, estaciones de Transmilenio destruidas, humo de gases lacrimógenos en todas partes, piedras volando de un lado a otro, paredes y carreteras manchadas de tinta blanca, dos muertos , 260 heridos, 60 detenidos, la ciudad militarizada, toque de queda en tres localidades y, en medio de ese odioso brote de salvajismo, unos estudiantes encadenados de las manos delante de sus verdugos del ESMAD para que los encapuchados no los fueran a linchar.

Capítulo aparte el de Gloria Barreto la humilde mujer que fue al centro de la ciudad a pagar un recibo de luz y se encontró con la revuelta. Esta valiente, en solitario, expuso su vida para que los ladrillos y las sillas de los incendiarios no estallaran en las cabezas de los policías que, atrincherados contra un muro de la casa del Florero resistían el embate del odio que les sembraron varias décadas de abandono y unas cuantas palizas de la misma policía en otras ocasiones. Más valerosa que su acción fueron las palabras dadas por Gloria al diario El Tiempo: “los rostros de los manifestantes reflejaban falta de amor y una furia interna en su corazón. Por eso quería abrazarlos para calmarlos. Con cada abrazo yo les inyectaba amor”.

Entonces vino lo inesperado: El famoso “síndrome de la Carrera Décima”. sucede cuando un ladrón es perseguido con gritos de “cójanlo, cójanlo, cójanlo”. Cuando es atrapado y la gente empieza a pegarle, las mismas personas gritan "suéltenlo, suéltenlo, suéltenlo". Ese ladrón en ese momento, valga la aclaración que esto es un símil, era Juan Manuel Santos. Todo el mundo gritaba “túmbenlo, túmbenlo, túmbenlo, es un inepto” Pero cuando los noticieros de televisión empezaron a mostrar los destrozos, los saqueos, la violencia de algunos manifestantes y a los policías curiosamente quieticos dejándose golpear por energúmenos, la arepa se volteó y el “Síndrome de la Carrera Décima” se hizo presente: “Suéltenlo suéltenlo, suéltenlo” gritaba la gente a quienes estaban golpeando al ladrón. Y Santos pasó de causa de la protesta a víctima de la protesta.  Si esto fue un guión, el argumento da para un Oscar, porque la verdad, por los medios, todo parecía libreteado: Una policía dócil irreconocible arrinconada, dejándose pegar, los protestantes llenos de odio, los propietarios de negocios llorando por sus pérdidas, un policía herido por tiro de fusil, en fin. Todos los ingredientes para voltear la torta. JJ style?

Entre los muertos, un joven de 16 años. Todos los heridos, tanto policías como manifestantes eran gentes humildes. Pueblo contra pueblo. Ese es el juego perverso de los poderosos. Hacer que los muertos provengan siempre de los de abajo, mientras ellos, los de arriba, se confabulan para saquear a nuestra patria sufrida.


ERROR GARRAFAL 2

Nunca se sabrá de dónde provienen los violentos que se infiltran en las marchas. Lo cierto es que si provienen de los sectores de izquierda, cometieron el peor error de sus vidas porque tenían al gobierno a un golpe, a “match point”. Faltaba soplarlo y empujarlo con una pluma de pájaro pequeño. Estaba casi noqueado. Pero los desmanes, las imágenes que toda esa Colombia voluble, maleable y alienable vio por televisión despertaron la solidaridad en el gobierno que le sirvió al presidente para volver de la muerte. Porque está claro que el que usa la violencia pierde. La solidaridad siempre estará del lado de las víctimas, del lastimado, del aporreado, de la viuda, del huérfano, del edificio destruido. Por este motivo el péndulo de la solidaridad se puso del lado de un presidente solo y casi derrotado que milagrosamente, y gracias a la violencia, resucitó de entre los muertos. Al día siguiente, a la misma hora de su desafortunada intervención del día anterior, repleto de argumentos, lleno de motivos y con una  autoridad que convenció hasta a los críticos de su gobierno, Juan Manuel Santos se levantó de sus cenizas y agarró la sartén por el mango. Esa sartén que sus detractores hicieron sonar varias veces en sus oídos los días anteriores.

Envalentonado en este discurso el presidente tapó todos los errores del anterior y con habilidad inusitada tomó el mando y la gobernabilidad que había perdido. Ordenó militarizar las ciudades, destinó 50 mil soldados (el ejército de cualquier país europeo o centroamericano) para que despejaran, por la fuerza, todas las vías del país, e hizo levantar de la mesa de negociaciones a sus representantes incluido el ministro pusilánime que sin dignidad alguna permaneció en el cargo luego del insulto presidencial. Todo preveía una masacre del tamaño de la ordenada por Abadía Méndez en la Ciénaga bananera de 1928. Afortunadamente los campesinos, no se sabe si atemorizados, chantajeados con judicializaciones o queriendo evitar más sangre, ordenaron el despeje voluntario de las vías. Pero la patente que tenía el gobierno, dada por los violentos la noche anterior, era la de masacrar a los campesinos, seguramente sin la presencia de los medios de comunicación, siempre amigos de todos los gobiernos.

De modo que la protesta quedó y está en el limbo. El gobierno está fortalecido, los campesinos debilitados. Seguramente, echando mano de su inmensa voluntad que algunos llaman terquedad, lograrán lo que se proponen que no es otra cosa que una vida digna y unos precios justos a sus productos. Si no lo consiguen volverán a las calles y a las carreteras pero antes, pondrán una vela gigante a  “San Martín de Porres” patrono universal de la paz, para que por favor, por ningún motivo, bajo ninguna circunstancia los violentos vuelvan a apoyarlos. No quieren volver a recibir jamás ese flaco favor.

Aunque la violencia haya malogrado el Paro, el gobierno queda notificado. Los campesinos son una fuerza capaz de tumbarlo. El día que quieran.