jueves, 16 de abril de 2015

PAZ EFÍMERA Y COSTOSA VS. PAZ DURADERA

por Gustavo Bolívar

Mucho se jactan los uribistas del período de tranquilidad que vivió el país durante buena parte de los ocho años en que ocupó la presidencia el hoy senador Alvaro Uribe Vélez. En buena parte tienen razón, es innegable que se recuperó la seguridad de las carreteras y que, como dicen ellos mismos, la gente pudo volver a sus fincas con tranquilidad. Pero sus contradictores nos preguntamos siempre ¿a qué precio?

Un precio muy alto. porque al tiempo con el que se asestaban golpes a las guerrillas, que en virtud de los falsos positivos, hoy ya no sabemos si fueron tan ciertos y tan contundentes, se mantenía una complacencia y laxitud, probadas ya por la justicia, frente a los grupos paramilitares que cometían masacres a lo largo y ancho del país con total impunidad, primero desde el monte, luego desde la escuela criminal de Ralito a donde fueron a parar varios capos del narcotráfico y, por último, de las cárceles a las que fueron remitidos los altos mandos paramilitares gracias a la ley de justicia y paz.
Si revisamos cifras, el país mantuvo entre 2002 y 2010, tasas promedio de muertes violentas de 22.000 personas. Hoy, en un período que los uribistas critican por “haberle devuelto el control del país a las guerrillas” las tasas de asesinatos han disminuido en casi un 50%. El año pasado estuvo cercana a las 13.000 muertes violentas.

Luego, la paz de Uribe fue relativa, efímera, parcial, paliativa. Porque aplicó analgésico al cáncer, que son las FARC, pero no extirpó el tumor definitivamente y el otro cáncer que trató de extirpar, el de los paramilitares, hizo metástasis en las peligrosas bandas criminales que hoy nos azotan en todo el territorio nacional. La muestra es que el cáncer de las FARC atacó antes de ayer y mató a 11 soldaditos humildes, muchachitos del pueblo, de apellidos populares.
En Colombia matan aproximadamente 400 militares al año. ¿Cuántos son hijos de ministros, presidentes, magistrados, congresistas o cacaos? Ni uno solo. Sin embargo buena parte de esos mismos altos dirigentes, políticos e industriales del país pregonan la guerra con saña. Guerra en cuerpo ajeno.

Luego la paz de Uribe es una paz basada en caravanas de viajeros acompañadas por el Ejército, cientos de miles de soldados en las carreteras haciendo la señal de víctoria a los conductores de vehículos, un gasto militar exorbitante que le quita recursos a la educación. Y me pregunto si esa costosa parafernalia es sostenible en el tiempo. ¿Podemos seguir cuidando los campos y las carreteras y las industrias y a miles de particulares en peligro de secuestro o de asesinato con recursos del Estado? ¿Sí?  ¿Y por cuántas décadas más?

Sería mejor, muchísimas veces mejor una paz real, duradera, estable, definitiva. Que la gente pueda volver a sus fincas y viajar libremente de por vida sin el acompañamiento del ejército. Que esa plata que se escurre a chorros a las Fuerzas Armadas se invierta a chorros y con urgencia en educación. Que los fusiles se silencien para siempre. Que el cáncer de la guerrilla sea extirpado para siempre pero también las condiciones sociales, las injusticias y la corrupción que las hicieron nacer y crecer.
Esa es la paz que queremos. Y la única manera de alcanzar esa paz definitiva es por la vía del diálogo. Que si pagan cárcel o no pagan cárcel. Ese es un debate que se está dando y se decantará solo. Si no pagan cárcel y la gente está inconforme, pueden votar negativamente el acuerdo en el referendo aprobatorio que contempla la ley para refrendar los acuerdos.
Lo cierto es que nadie con un poco de sensatez debemos deducir que es preferible que los jefes guerrilleros impongan sus ideas a través de la política y no de la milicia. La Lucha armada es obsoleta, ya no tiene cabida en este siglo.

En Colombia sí cupo una revolución, corruptos y oligarcas abusan con descaro de la gente. Todo está corrompido. Dónde uno toca sale pus. En la justicia, en la contratación estatal, en las Fuerzas Armadas, las alcaldías y gobernaciones, los concejos, las asambleas y especialmente el Congreso de la República. Da rabia la forma como se enriquecen entrando a saco en un erario sin dolientes. Da rabia la forma como logran impunidad para sus fechorías comprando jueces o haciéndose favores mutuos. Da rabia la manera como las mafias del poder se blindan entre sí otorgándose fueros e inmunidades.

Hay en verdad muchos motivos, pero el tiempo de la lucha armada ya se quedó del bus de la historia. Aunque se mantienen las restricciones democráticas con un sistema electoral corrupto y cerrado a la participación ciudadana, se puede intentar un cambio, a través de la política. Tardaremos mucho tiempo en ver un electorado consciente y educado pero se puede intentar. Hoy los electores son, en su gran mayoría (80%) o perezosos, o indiferentes, o ignorantes, o interesados, hablando de aquellos que venden sui voto. Pero de todos, la democracia es el menos imperfecto de los sistemas políticos. Vale la pena intentarlo. Lo que si no vale, ni valdrá la pena, nunca jamás, será tratar de imponer las ideas a punta de bala.

¡Viva la paz! ¡La verdadera paz!

martes, 13 de enero de 2015

Samper y Serpa: Narcopolíticos

Samper y Serpa: narcopolíticos 
Por: Gustavo Bolívar

William Rodríguez, hijo de Miguel Rodríguez Orejuela, máximo cabecilla del Cartel de Cali, acaba de romper 21 años de silencio. Un pacto que, según él, su padre y su tío Gilberto siempre respetaron, a pesar de que Ernesto Samper les incumplió los acuerdos que habían convenido a cambio de financiar su campaña.

Lo que cuenta William Rodríguez a la periodista Yolima Celis de RCN es gravísimo. Dice, entre otras cosas, que se reunió con Horacio Serpa en dos ocasiones; que Samper sabía del ingreso de 10 millones de dólares a su campaña; que pagaron entre 5 mil y 150 mil dólares a varios congresistas para que no aprobaran la ley de enriquecimiento ilícito en favor de terceros y otras leyes; que a Heine Mogollón, representante investigador de Samper, le compraron la absolución de su investigado presidente por 100 millones y hasta reta a los protagonistas del proceso 8.000 a someterse a una prueba de polígrafo, con la advertencia de que si pierde, es decir, que si es mentira lo que está diciendo, se devuelve a Colombia y pierde los privilegios que la justicia norteamericana le está brindando luego de pagar 5 años de condena en ese país.

Las acusaciones no son nuevas. Todos las conocíamos. Lo relató Santiago Medina, tesorero de la campaña Samper Presidente en su libro “la verdad sobre las mentiras”. Lo había confesado ante las cámaras de televisión Fernando Botero Zea, Jefe de debate de la campaña. Lo iba a contar a la Fiscalía el chofer de Horacio Serpa pero lo asesinaron tres días antes de que tuviera una indagatoria al respecto en la Fiscalía. Lo iba a contar la Monita Retrechera, famosa por regalar un anillo de diamantes a la esposa de Samper, pero la asesinaron dos días antes de sus declaraciones ante la Fiscalía. Lo contó Enrique Parejo González, exministro de justicia, en un libro que el país no quiso leer. Lo notificaron los gringos al cancelar la visa a Samper (Qué vergüenza, tuvimos un presidente sin Visa a los Estados Unidos). Lo había contado Rasguño. Lo advirtió Álvaro Gómez antes de que lo mataran. Lo denunció Andrés Pastrana con los llamados narcocasetes en los que el país escuchó horas de conversaciones entre miembros de la campaña de Samper, los Jefes del cartel de Cali y el Loco Giraldo, periodista que sirvió de intermediario entre la campaña y los narcotraficantes de El Valle del Cauca. Lo dejó escrito el mismo Loco Giraldo en sus memorias.

Todos lo sabíamos. Lo novedoso en este caso, es que las acusaciones provengan, en tono sereno y creíble, del hijo del Jefe del Cartel de Cali que por dos décadas se negó a delatar al Presidente. William Rodríguez cuenta que Samper los mantuvo callados bajo la amenaza de que si hablaban los podía extraditar por vía administrativa.

Obviamente, los acusados, Ernesto Samper y Horacio Serpa saldrán a decir, el primero con cinismo y el segundo con su famoso vibrato, que el país no puede hacer eco de las acusaciones de un delincuente. Y el país les creerá. Y la gran prensa los cubrirá con su manto de solidaridad hacia los poderosos. Y la Fiscalía dirá que el caso está cerrado. Y los electores los volverán a elegir como eligieron a Serpa el año pasado al Senado. Y la izquierda, que cada vez me desilusiona más, postulará a Samper a cargos como el que ahora ocupa de Secretario general de UNASUR.

¿Y este país mentiroso, encubridor, indigno, ciego, sordo, mudo, masoquista, sucio, cochino, arrodillado, podrido, impune, injusto, es el que aspira a consolidar una paz duradera? Permítanme reír con tristeza. Porque Está lejos de alcanzar la tranquilidad una nación donde los hampones se meten en la misma cobija con los jueces, los poderosos y los medios de comunicación.

Y mientras la izquierda pide a gritos la captura de María del Pilar Hurtado por las chuzadas desde el DAS, o la de Luis Carlos Restrepo por las falsas desmovilizaciones, cosa que ojalá suceda y pronto, calla sobre las declaraciones de William Rodríguez, como calló en su momento ante las aberraciones de Samuel Moreno. Todo porque en este país todos nos creemos impolutos. Los hampones son los otros, los de la otra orilla. En la derecha no hay hampones porque los hampones son los de izquierda. En la izquierda no hay hampones porque los hampones son los de la derecha. Y así se viven tapando los unos a los otros, con un servilismo tan triste, que quienes optamos por la independencia terminamos crucificados en el medio. Este, sin duda, no es el país más feliz del mundo, esa es una máscara con la que fingimos y disfrazamos nuestras penas. Estos episodios sórdidos de impunidad de los de arriba y asombrosa lealtad de los de abajo, nos convierten en el país de las tristezas. Y si no es el más triste, por lo menos si tenemos asegurado el título del país con más idiotas útiles.


Por eso, y aunque la Comisión de Acusaciones de la Cámara lo haya absuelto, luego de que sus miembros se enriquecieran con las prebendas del Cartel de Cali y del mismo gobierno, gritaré siempre, a los mil vientos que Ernesto Samper y su nefasto escudero Horacio Serpa son narcopolíticos. Y que venga lo que tenga que venir porque el día que acatemos fallos corruptos, ese día, seremos igual de corruptos y la nuestra será una bandidocracia.