POR QUÉ LOS RICOS COMPRAN MEDIOS

¿Por qué los ricos compran medios?

 

Por Gustavo Bolívar Moreno

 

A propósito del día mundial de la libertad de expresión. En siglos pasados, el poder se medía en el abolengo de los apellidos, el número de esclavos, las hectáreas poseídas, las fábricas o los ejércitos. Hoy, en cambio, se mide en algo más sutil y más peligroso: la capacidad de manipular o tergiversar la realidad de acuerdo con intereses particulares. Porque quien domina la narrativa de un país termina gobernándolo o, cuando menos, incidiendo en la elección de los gobernantes.

La democracia tiene un precio, y en el mercado del siglo XXI, los dueños de las chequeras más abultadas han entendido que la libertad de prensa es un activo más en su portafolio de inversiones porque influyen directamente en algo sagrado y peligroso a la vez: la manera en que debe pensar la gente.


En Colombia lo sabemos bien, los grandes grupos económicos no solo han acumulado riqueza: han adquirido algo más decisivo que el dinero: la voz pública. Desde hace décadas, los Santodomingo son dueños de Caracol TV, Blu Radio y El Espectador, y los Ardila dueños de RCN TV y una cadena de emisoras. 

Libertad de prensa al portafolio de inversiones

Ahora se suman a ellos, el banquero Sarmiento Angulo, que también es dueño de un Fondo de pensiones, comprando El Tiempo y City TV, y el conglomerado de los Gilinsky que adquirió la Revista Semana y los periódicos El País de Cali y el Heraldo de Barranquilla.

Tengo entendido que ninguno de ellos ha comprado estos medios pensando en un negocio. De hecho, es de conocimiento público que casi todos estos medios acumulan pérdidas, año tras año. Esas pérdidas no son "gastos", sino "costos de operación política". Es decir, por citar un ejemplo, el banquero pierde dinero con el periódico, pero gana miles de millones gracias a las leyes que logra pasar en el congreso apoyando candidaturas o con el clima de opinión que el periódico ayuda a crear.

Es claro que ningún magnate, cuando compra un medio o una red social está pensando en rentabilidad económica. Están comprando la manera en que una nación se piensa a sí misma. Y por eso subsidian su operación con el superávit que producen otras empresas, estas sí, rentables, que poseen esos mismos grupos.

Pero el fenómeno de grandes fortunas adquiriendo medios de comunicación y plataformas digitales no es exclusivamente colombiano, está sucediendo en la mayoría de países latinoamericanos y es global, ha crecido exponencialmente en la última década. Entender el mapa de este secuestro informativo, es es entender el nuevo mapa del poder en el mundo.

 

QUIEN NARRA MANDA.

En Estados Unidos, el magnate Rupert Murdoch construyó un imperio que no solo informa: orienta ideológicamente a millones. A diferencia de los "nuevos ricos" tecnológicos, Rupert Murdoch es el ejemplo clásico del magnate de medios tradicionales. A través de News Corp, ha consolidado un imperio que incluye The Wall Street Journal (EE. UU.), The Times y The Sun (Reino Unido), Fox News (aunque es una cadena de TV, define la agenda mediática conservadora en EE. UU.)

Su influencia es global y ha sido documentada como una de las más potentes en los procesos electorales de Australia, Reino Unido y Estados Unidos.


A Murdoch se suma el "Efecto Salvador" de los Magnates Tech. Varios multimillonarios del sector tecnológico que han comprado diarios históricos que atravesaban dificultades económicas. Es la era de los magnates que, bajo la excusa de "salvar el periodismo", terminan asfixiando la pluralidad:

Jeff Bezos (dueño de Amazon) compró The Washington Post, en 2013, por 250 millones de dólares, no en su mejor momento económico, sino en uno de sus momentos más influyentes, para asegurarse de que el poder político en la capital política de los Estados Unidos no le sea hostil.

Marc Benioff (Salesforce) y Time Magazine: En 2018, el fundador de Salesforce y su esposa compraron la icónica revista por 190 millones de dólares. Benioff ha declarado que actúa como un "administrador" de la marca, asegurando que no interviene en las decisiones editoriales.

Laurene Powell Jobs (Emerson Collective) y The Atlantic: La viuda de Steve Jobs adquirió una participación mayoritaria en 2017 para apoyar el periodismo de fondo y la sostenibilidad de la revista a largo plazo.

Incluso el magnate mexicano Carlos Slim, aunque no lo compró por completo, llegó a ser el mayor accionista individual del New York Times, ayudando al diario con un préstamo crítico en 2009.

Otro caso es el de Patrick Soon Shiong, El multimillonario biotecnológico que compró Los Ángeles Times, en 2018 por 500 millones para "devolverlo a sus raíces locales".

Pero los ultraricos también han hecho operaciones multimillonarias en Redes Sociales. El caso más disruptivo y reciente es la compra de Twitter (ahora X) por parte de Elon Musk en octubre de 2022. Por 44.000 millones de dólares.

Musk transformó la red social en una empresa privada, eliminó gran parte del equipo de moderación y cambió radicalmente el algoritmo que ahora baila al son de sus intereses y los de sus amigos. El debate se ha centrado en si esto fomenta la "libertad de expresión" o si ha convertido la plataforma en un megáfono para los intereses personales y políticos de su dueño. Elon Musk no hizo una inversión, todos sabemos que jamás la va a recuperar, él adquirió la plaza pública digital del planeta, demostrando que ya no basta con tener un medio; ahora el poder es poseer el escenario donde todos los medios compiten.


Lo mismo pasa con Telegram, ahora en manos de Pavel Durov, aunque fue su creador, su estatus como multimillonario y el control total sobre la plataforma, (residiendo fuera de su país natal, Rusia) Plantea interrogantes similares sobre el poder individual sobre la información. 


En Europa, Bernard Arnault —el hombre más rico del continente— controla periódicos económicos y revistas de opinión. En Asia, Jack Ma compró el South China Morning Post, un gesto que no solo fue empresarial, sino geopolítico. En Italia, Silvio Berlusconi convirtió sus canales de televisión en trampolín directo al poder político.

¿Pero por qué esta obsesión de las élites por controlar medios de comunicación?

Primero, porque los medios están en crisis. La publicidad migró a las plataformas digitales, los ingresos cayeron, y lo que antes era un negocio rentable se volvió un activo vulnerable. Para un multimillonario, comprar un medio hoy es casi una ganga. Pero sería ingenuo pensar que lo hacen por filantropía. Han convertido sus valiosas compras en boletines de guerra destinados a demoler reputaciones, a reconstruir imágenes caídas y/o a proteger los intereses de sus socios y aliados. Es el periodismo convertido en un sicariato de caracteres o de likes.

Segundo, porque el poder político ya no se ejerce solo desde el Estado. Se ejerce desde la narrativa. Quien decide qué es noticia, qué se omite, qué se repite hasta volverse verdad, tiene una influencia más profunda que cualquier decreto. Los medios no solo informan: jerarquizan la realidad. Y en esa jerarquía se define qué escándalo importa, qué líder es viable, qué idea es aceptable y cuál debe ser ridiculizada o tergiversada.

Tercero, porque vivimos en la era de la percepción. Ya no gana quien tiene la razón, sino quien logra que su versión de los hechos sea creída. En ese contexto, poseer medios es poseer la fábrica de sentido común.

Y aquí está el punto más delicado: cuando la información se concentra en pocas manos, la democracia se vuelve una ilusión de pluralidad. Parece que hay muchas voces, pero en el fondo los marcos de interpretación están previamente delimitados.

En Colombia, como en otros países, esto tiene consecuencias concretas. Determina qué reformas son vistas como sensatas o peligrosas. Qué liderazgos se amplifican y cuáles se invisibilizan. Qué indignaciones se encienden y cuáles se apagan antes de nacer.

¿Qué nos queda a los ciudadanos? Nos queda una verdad fraccionada, una realidad editada en las juntas directivas. Cuando el que te vende la comida, el que te cobra el interés de la vivienda, el que administra tu pensión, el que te vende los datos es el mismo que financia las campañas y es el mismo que te cuenta las noticias, lo que tenemos no es información, es propaganda de clase.


La denuncia es clara: un país donde la prensa pertenece a los mismos que controlan el PIB es un país condenado a la ceguera. Están comprando el silencio de las mayorías con el ruido de sus propios medios.

Pero se les olvida algo: la realidad de las calles no se puede cambiar en un consejo editorial amañado, ni editar con un clic. El despertar de un pueblo es lo único que no pueden comprar, ni siquiera con todos sus millones. Tan cierto es esto, que el candidato Iván Cepeda ha estado a la cabeza de todas las encuestas sin dar una sola entrevista a los medios tradicionales en todo lo corrido del año. Solo hasta la semana pasada empezó a conceder entrevistas y no es claro que esto haga subir su aceptación. ¿Entonces cómo lo ha logrado?


Los medios alternativos, en su mayoría un enjambre de medios digitales que son propiedad de miles de ciudadanos interesados en contar las noticias desde otros ángulos y en segundo lugar porque no ha hecho falta, dada la crisis de credibilidad por la que atraviesan ciertos medios a los que se les ha ido la mano convirtiendo las noticias que por principio deben ser objetivas, en debates subjetivos y acomodados. Han politizado e ideologizado la información. Por eso, mucha gente ya no les cree a esos medios. Saben cuál es su agenda, cuál su interés y cuál es su dueño.

Gustavo Petro tuvo la visión de potenciar los medios alternativos para generar la ruptura del monopolio del aire y para darle un equilibrio al relato. Por eso, a través de un decreto “de tercios” ordenó a las diferentes entidades del Estado pautar en partes iguales entre los medios tradicionales, los públicos y los alternativos.


No se trata de una conspiración en el sentido caricaturesco. Es algo de sentido común y de justicia porque las élites no necesitan reunirse en una habitación para ponerse de acuerdo: comparten intereses, visiones del mundo y, sobre todo, el instinto de proteger su posición en la cima, lo que los hace merecedores del cariño y de la millonaria pauta de empresarios y gobernantes locales alineados con sus intereses.

Los ciudadanos podemos hacer lo mismo poniendo en duda cada cosa que estos medios quieran inventar o tergiversar e incluso ocultar y luego, contrastando estas noticias con medios alternativos. Medios independientes que le den más voz a la víctima que al victimario, tanta voz al obrero como al patrón, más voz al denunciado que al denunciante, que es todo lo contrario a lo que pasa en los medios hegemónicos. Contrastar la verdad, hoy por hoy es un acto de resistencia, es un camino hacia la construcción de un pensamiento crítico colectivo.

Los ultraricos saben que controlar los medios no garantiza rentabilidad, pero renunciar a ellos, en este siglo, casi les asegura perder el poder.

Por eso la disputa por la información será cada vez más intensa. Ya no se trata solo de izquierda o derecha, de gobierno u oposición. Se trata de algo más profundo: quién tiene el poder de definir la realidad colectiva.

Porque al final, la democracia no se juega únicamente en las urnas, se juega, cada día, en el monopolio del relato: Hacer creer a la gente que algo está pasando cuando no está pasando, o que algo no está pasando cuando en realidad está pasando. Que alguien es bueno cuando es malo o que alguien es malo cuando es bueno.

Y esa batalla, silenciosa pero decisiva, la están librando quienes han entendido que en el mundo moderno no basta con ser rico. Hay que ser, también, dueño de las mentes, especialmente las que menos piensan, esas que, por el hambre o el cansancio, no tienen tiempo de contrastar la realidad.

 

Notas:

1.     Derechos de autor. Se permite la reproducción de esta columna.

2.    El autor ha trabajado con varios de estos grupos económicos.

 

 


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