LA MULTITUD ARTIFICIAL Y LA DICTADURA DEL ALGORITMO.

 LA MULTITUD ARTIFICIAL Y LA DICTADURA DEL ALGORITMO

Por Gustavo Bolívar Moreno

Las democracias llevan siglos aprendiendo a proteger las urnas. Pusieron jurados, testigos, registradores, escrutadores, observadores internacionales, tribunales electorales y códigos cada vez más sofisticados para impedir que alguien robe, cambie o invente los votos después de depositados.

Pero quizá estamos vigilando demasiado el final del proceso y demasiado poco su comienzo.

Porque la gran manipulación electoral del siglo XXI puede ocurrir mucho antes de que el ciudadano llegue a la urna. Puede suceder durante meses, dentro de su teléfono, silenciosamente.

En mi nuevo libro La nueva arquitectura del poder propongo una distinción fundamental: la mentira disputa los hechos; el relato cultural disputa su significado. Una cosa es convencernos de algo falso. Otra, mucho más profunda, consiste en conseguir que interpretemos la realidad dentro de determinado marco moral, político o cultural. 

¿Qué significa libertad? ¿Quién representa el cambio? ¿Quién es corrupto? ¿Quién es peligroso? ¿Quién pertenece a “la casta”? ¿Quién amenaza la familia? ¿Quién representa al pueblo? ¿Quién es víctima y quién victimario? ¿Qué significa seguridad? ¿Qué significa paz? ¿A las niñas se les debe decir niños?

Quien consigue imponer las respuestas a esas preguntas comienza a ganar la discusión antes de que la discusión empiece.

Durante décadas conocimos esa disputa a través de periódicos, radio, televisión, propaganda y publicidad política. Las redes sociales cambiaron radicalmente la escala. Después llegaron la microsegmentación, los algoritmos, las granjas de contenido, los trolls, los bots y, finalmente, la inteligencia artificial. Hemos pasado de una mentira fabricada para millones a la posibilidad de fabricar millones de mensajes diferentes para personas diferentes. Es lo que en el libro denomino la mentira sastre

Pero existe una mutación todavía más inquietante.

La multitud artificial

Durante siglos una multitud estaba hecha de personas.

Para construirla había que convencerlas, convocarlas y reunirlas. Diez mil personas en una plaza significaban, con todas las precauciones del caso, que diez mil seres humanos habían decidido estar allí.

En el universo digital eso ya no es necesariamente cierto.

Miles de cuentas pueden repetir una consigna, atacar simultáneamente a una persona, celebrar a otra, posicionar una etiqueta, inundar los comentarios de un periodista, acosar a un contradictor o producir la impresión de que una determinada opinión domina abrumadoramente la conversación.

Algunas cuentas serán personas, tras pueden ser falsas, otras automatizadas, otras coordinadas, otras manejadas profesionalmente.

Y aparece así uno de los fenómenos políticos más extraordinarios de nuestro tiempos: una multitud que parece espontánea sin serlo necesariamente. Una multitud artificial.

El mecanismo puede ser devastador.

Una cuenta lanza una acusación. Cien la replican. Quinientas comentan. Miles interactúan. El algoritmo detecta movimiento y amplifica el contenido. Personas reales empiezan a verlo. Algunos periodistas advierten que el tema es tendencia. Los medios preguntan qué está pasando. Los dirigentes políticos reaccionan. Más ciudadanos entran a la conversación. Entonces ocurre la metamorfosis: una indignación que pudo comenzar artificialmente termina produciendo indignación auténtica.

El bot ya no necesita convencer directamente al ciudadano. Le basta con convencerlo de que los demás ciudadanos ya están convencidos.

Destruir al inocente, redimir al culpable

El procedimiento sirve en las dos direcciones. Un enjambre digital puede destruir una reputación. Una acusación falsa repetida diez mil veces no se convierte en verdadera, pero puede adquirir apariencia de verdad. Una frase sacada de contexto puede circular más que la explicación completa. Una fotografía manipulada puede viajar más rápido que el desmentido. Una persona inocente puede despertarse una mañana convertida digitalmente en corrupta, criminal, pedófila, guerrillera, paramilitar, fascista, comunista o traidora sin que ningún juez haya pronunciado una palabra.

El enjambre no necesita condenarla jurídicamente, le basta con lincharla socialmente.

Pero la máquina también puede utilizarse al revés. Puede lavar la cara al malhechor.

El investigado se convierte en perseguido. El agresor, en víctima. La sentencia, en conspiración. La investigación periodística, en montaje. El escándalo, en persecución política.

No es necesario borrar el pasado. Basta con inundar el presente.

Y ahí aparece una característica siniestra del nuevo poder comunicacional: destruir una reputación y reconstruir otra pueden convertirse en procesos industriales.

De Argentina a Colombia

Los acontecimientos recientes en Argentina, Chile, Ecuador y Colombia deberían obligarnos a mirar este fenómeno con enorme atención. Que una elección dependa de quién tenga más dinero, más infraestructura técnica y más medios de comunicación funcionales a la mentira para atacar al adversario con bots, trolls o redes coordinadas, debería poner a la democracia en máxima alerta roja.

Se demuestra que existe una nueva tecnología para disputar la percepción pública: el tecnofascismo.

En Argentina, investigaciones recientes han vuelto a poner bajo la lupa la estructura digital que acompañó el ascenso de Javier Milei y el papel del consultor Fernando Cerimedo, vinculado a estrategias digitales de la nueva derecha latinoamericana. Cerimedo ha reconocido el uso de trolls, bots y campañas agresivas como instrumentos de la disputa política. Miles de celulares articulados con todas las redes sociales para llegar a incautos y cambiar su percepción sobre las instituciones, los políticos, la educación y hasta la espiritualidad.

Colombia ofrece un ejemplo todavía más cercano. Una investigación sobre la campaña de De la Espriella describió una sofisticada máquina de marketing electoral apoyada en redes, influenciadores, grupos digitales, contenidos virales y nuevas tecnologías.

Y allí está la pregunta verdaderamente importante. No si Milei ganó por los bots. No si De la Espriella ganó por los bots.

La pregunta es mucho más grande: ¿cuánto poder puede adquirir quien consigue fabricar la percepción de lo que piensa una sociedad?

La nueva dictadura del algoritmo

La palabra dictadura puede parecer excesiva. El algoritmo no firma decretos. No cierra congresos. No encarcela opositores. No introduce la papeleta dentro de la urna, pero ejerce una potestad que habría maravillado a los propagandistas del siglo XX: decide qué vemos, qué escuchamos, en quién confiamos y a quién tememos.

Lo logra a través de la repetición. Los sistemas de recomendación y distribución de las plataformas seleccionan, jerarquizan y repiten una mentira, ya no hasta el cansancio porque los robots no se cansan, sino hasta obtener el resultado: que el usuario la crea.

Porque repetición significa familiaridad. Familiaridad puede producir credibilidad. Emoción produce interacción. Interacción produce amplificación. Amplificación produce visibilidad. Y visibilidad terminar produciendo poder.

Por eso hablamos metafóricamente de una nueva dictadura del algoritmo: no porque exista un dictador digital único controlándolo todo, sino porque una parte creciente de nuestra percepción del mundo atraviesa sistemas opacos que el ciudadano no eligió, cuyos criterios apenas conoce y sobre los cuales posee escaso control.

El periódico tenía una portada visible. Sabíamos qué había seleccionado el editor. El algoritmo en cambio, tiene millones de portadas diferentes. Una para usted, otra para mí, otra para el vecino vecino, otra para tus padres o tus tías. Y nadie puede ponerlas todas sobre una mesa y compararlas. Esa es una transformación política gigantesca.

El algoritmo conoce nuestros miedos

La propaganda tradicional buscaba un mensaje eficaz para millones. La propaganda digital puede buscar millones de mensajes eficaces para individuos.

A uno le habla de inseguridad, a otro de impuestos, a otro de inmigración, a otro de religión, a otro del aborto, a otro de corrupción, a otro del miedo al comunismo, a otro del miedo al fascismo, a otros del desempleo.

No necesita conseguir que todos compartamos la misma mentira. Puede resultar más eficiente encontrar la mentira que funciona mejor para cada miedo.

Y aquí el poder del relato cultural y el poder de la mentira se encuentran.

El proceso puede recorrer la secuencia que planteo en el libro:

relato → marco → identidad → emoción → movilización → voto → representación → decisión. 

Una interpretación aparentemente intangible termina convertida en una ley, un presidente, un Congreso o una política pública.

Eso es poder real.

El voto manipulado también cuenta

Hay una pregunta incómoda en el libro.

¿Vale más el voto de un científico que el de un campesino? No. Democráticamente valen exactamente lo mismo. Pero hay otra pregunta mucho más difícil:

¿vale igual un voto libre que un voto manipulado? Jurídicamente sí. Y debe ser así. Ninguna autoridad podría entrar en nuestra conciencia para determinar qué voto fue suficientemente ilustrado y cuál no. Pero políticamente existe una diferencia enorme.

La soberanía popular supone que la voluntad expresada pertenezca, hasta donde sea humanamente posible, al ciudadano que la expresa. Si alguien consigue conocer nuestros temores, fabricar un mensaje exactamente diseñado para ellos, repetirlo mediante cuentas que parecen humanas y ocultar esa operación al resto de la sociedad, nadie nos robó materialmente el voto pero intentaron intervenir algo anterior:

el proceso mediante el cual construimos nuestra voluntad. 

Y ese puede convertirse en uno de los mayores problemas democráticos de este siglo.

La urna ya no basta

Durante doscientos años nos preocupamos por evitar que alguien introdujera votos falsos en una urna, pero ahora tendremos que preocuparnos porque alguien pueda introducir ciudadanos falsos en la conversación pública.

Porque un millón de perfiles no necesariamente significan un millón de personas, pero sí un millón de opiniones capaces de hacer cambiar de candidato a muchas personas, capaces de sembrar un relato falso, capaces de hacer que la sociedad tenga otra percepción de las cosas.

Una tendencia o una indignación viral fabricada pueden manipular a grupos inmensos de personas. Un linchamiento digital, aunque no constituye una sentencia, si puede significar la muerte política de un adversario, porque una multitud artificial puede terminar produciendo una multitud verdadera.

El peligro no está solamente en que las máquinas algún día voten. El peligro está en que aprendan a influir suficientemente sobre nosotros antes de que votemos.

Montesquieu se preguntó cómo impedir que una misma persona hiciera la ley, la ejecutara y juzgara y por eso planteó en el siglo de las luces su teoría de la separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Nuestra generación enfrenta otra pregunta.

¿Qué ocurre cuando alguien ya no necesita conquistar el Congreso, controlar las Cortes o cerrar los periódicos porque puede intentar conquistar primero nuestra interpretación del mundo?

La captura más sofisticada quizá no sea aquella en la cual alguien nos impide elegir sino aquella en la que conservamos intacta nuestra libertad, entramos solos al cubículo, marcamos personalmente el tarjetón y depositamos voluntariamente nuestro voto, pero alguien fabricó previamente la realidad entre la cual debíamos escoger. 

Por eso, después de tantos siglos preguntándonos quién cuenta los votos, ha llegado el momento de formular una pregunta anterior y acaso más inquietante: ¿Quién fabrica el mundo dentro del cual decidimos por quién votar?

El futuro es dentro de un año y dos meses.

Los progresistas del mundo debemos declararnos en alerta máxima para contener esta avalancha que ya nos empezó a aplastar y que amenaza con seguirlo haciendo por las próximas décadas. De esta preocupación surge la idea de formar a nuestros cuadros, en todos los rincones del país, a través de una escuela que democratice el conocimiento necesario para enfrentar este reto. Semilla es la luz en medio de este túnel desgraciado de la mentira hecha votos. Quedarse por fuera, es carecer de herramientas en el futuro para combatir campañas sucias, pero altamente eficientes, a la hora de ganar elecciones manipulando los anhelos y los miedos de la gente, incluso de nuestra gente.

Y el futuro es ya… Octubre de 2027, un poco más de un año para ganar el mayor número de alcaldías, gobernaciones, concejos municipales y asambleas departamentales. Es un tiempo ajustado para refrendar los 12.7 milllones de votos obtenidos en la segunda vuelta presidencial pero poco tiempo para detener un nuevo fraude. Sería infame volverlo a permitir. Tenemos una bancada de casi 70 congresistas que desde ya deberían estar bombardeando a la Registraduría con derechos de petición a finde preguntar por qué se levantaron los controles, por qué se levantaron las alertas, por qué desapareció la metadata de las actas E-14, porqué esa votación imposible, desde el punto de vista matemático, por bloques, por qué 95 municipios con más votantes que habitantes. Imperdonable no hacerlo, estimados congresistas del Pacto, imperdonable no impedir que nos vuelvan a robar las elecciones.


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