FARC en el monte o FARC en la Política.
No
se ha abordado aún el tema de la participación política de las FARC en la
agenda de los negociadores de la Habana y ya muchos se están rasgando las
vestiduras ante la posibilidad de que los miembros de este grupo subversivo se
sienten en nuestro desprestigiado Congreso de la República.
No
sería nuevo. Ya miembros del M-19 han ocupado curules en el Congreso,
alcaldías, gobernaciones y 19 de ellos hicieron parte de los 72 constituyentes
que redactaron nuestra Constitución actual. Y, a decir verdad, salvo contadas
excepciones, no lo han hecho mal. Nadie sensato puede decir que era mejor
cuando estaban en la clandestinidad tratando de imponer sus ideales por la
fuerza, que ahora cuando lo hacen por medio de discursos y votos. Navarro en
Nariño y Petro en Bogotá, como ejecutores, se han caracterizado por encabezar férreas
campañas contra la corrupción, lo que les ha valido campañas de desprestigio y
críticas de sectores afines con el clientelismo y las mafias de la contratación
que han atacado. Desde el Congreso Gustavo Petro fue quien denunció la
parapolítica y el Carrusel de las Contrataciones, organización criminal orquestada por los hermanos Samuel
e Iván Moreno destinada a saquear a la Capital. Petro y Navarro podrán tener desaciertos y
crear controversia en ciertos temas pero nadie los puede acusar de corruptos o
de patrocinar grupos violentos.
Nadie
puede vaticinar cómo sería el comportamiento de los miembros de la cúpula de
las FARC en la política pero se supone que si aceptan las reglas del juego
democrático después de abandonar la lucha armada, estarán ceñidos a la
Constitución Nacional. mal harían en convertirse en el tipo de políticos que
los impulsaron a constituirse en fuerza armada. Porque recordemos, las FARC no
nacieron de la nada. En 1.964, cuando se fundaron, los campesinos clamaban por
un pedazo de tierra en manos de terratenientes y familias prominentes de la
clase política; la injusticia social y la corrupción cabalgaban sobre los
pobres de Colombia y la democracia estaba cerrada para las ideas de izquierda
que, por aquella época se expandían por el mundo de la mano del comunismo, por
cuenta de un acuerdo excluyente entre Conservadores y Liberales para repartirse
el poder durante 20 años. Quiere decir que el Frente Nacional (Alternancia del
poder cada cuatro años entre conservadores y liberales entre 1.958 y 1.978) que
para muchos sirvió para pacificar al país, se convirtió en un remedio peor que
la enfermedad. Porque si bien es cierto apaciguó las disputas entre liberales y
conservadores, cerró el espectro democrático a la izquierda, lo que provocó la
conversión de grupos de izquierda, en grupos guerrilleros. Consecuencia lógica
de no poder participar en política con posibilidades electorales.
Luego,
en franca lógica y echando mano de un silogismo sencillo (Si no hay Frente
Nacional no hay guerrillas y si no hay guerrillas no surgen los paramilitares)
podríamos endilgar al Frente Nacional gran parte de la culpa de lo que ha
sucedido en Colombia en los últimos 40 años.
Por
eso, particularmente no le temo a la participación de las FARC en juego
electoral. En lo que no estaría de acuerdo es en la asignación de curules
automáticas como sucedió en el pasado como consecuencia de los procesos de paz
con el EPL y el grupo Esperanza Paz y Libertad.
Si quieren curules que las obtengan democráticamente, conquistando
votos. Y el que no los quiera ver sentados en el Congreso, una alcaldía, una
gobernación o en la misma silla presidencial, sencillo: No vote por ellos.
Pero
es claro que nadie abandona una lucha armada de 49 años para endosar sus
ideales a la historia. Las FARC querrán seguir en la lucha para llevar a buen
fin sus postulados y saben que esta vez, las garantías son mayores. Ya no
existen los Gacha, Escobar y Castaño´s depredadores y genocidas de todo lo que
oliera a izquierda. Las épocas han cambiado. El mundo, léase Cortes
Internacionales de Justicia, ya están al tanto de lo sucedido y no van a
permitir que la historia se repita. El Ejército y la Policía como instituciones
están más depuradas y las épocas de generales rescatando paramilitares y oficiales
apoyando paramilitares son cosa del pasado. Esperamos de buena fe que así sea.
Con
sinceridad, si nos despojamos de odios y sectarismos, cerrando los ojos para
visualizar el futuro de nuestros hijos, es un millón de veces mejor que la
guerrilla haga política a que haga guerra. Un millón de veces mejor que echen
discursos a que echen bala. Un millón de veces mejor que traten de conquistar
votos por medio de la persuasión a que conquisten pueblos por medio de
cilindros bomba y de terror.
Para
los más recalcitrantes opositores de esta posibilidad les queda de consuelo que
los exguerrilleros no irían, precisamente, a ocupar una silla digna en un
templo puro. Van para el Congreso de la República y si les sirve de consuelo,
ese es el nido de ratas más grande que tiene Colombia.
Para
los defensores de la iniciativa, sería en justicia, una reivindicación. El
genocidio de casi 7.000 miembros de la UP (Unión Patriótica) orquestada por
grupos paramilitares con la complicidad de varios sectores de las Fuerzas
Armadas merece una reparación. Y qué mejor que devolverles la personería
jurídica como partido político (iniciativa del MIRA) ahora que el umbral
amenaza con dejar a varios movimientos por fuera del espectro democrático.
Uribistas,
reflexionen. No se dejen llevar por el odio. Es cierto que la guerrilla ha
matado y secuestrado gente, es cierto que han sembrado el terror en muchas
partes del país y que han matado inocentes en masacres como lo hizo el ELN en
Machuca (84 muertos) o las FARC en el Club El Nogal (36 muertos) y Bojayá (119 muertos), pero si nos vamos de
inventario, las cifras de la ultraderecha son más macabras: 1.046 masacres
(Vegachí, Mutatá, Segovia, Sabanalarga, El Retiro, Miraflores, Tocaima, Honduras,
la Negra, Dabeiba, Tierralta, Tibú, Chengue, El Naya, Yolombó, Yarumal, Urrao,
Ovejas, El Salado, Mapiripan y otras miles); 25.747 asesinatos, 3.599
desapariciones forzadas, 1.618 casos de reclutamiento ilícito, 11.172
desplazamientos forzados, 1.916 secuestros, 1.078 extorsiones, 3.929 fosas
comunes con sus respectivos miles de cadáveres dentro y 96 casos de violación
sexual (datos de la Unidad de Justicia y Paz de la Fiscalía General de la
Nación) aunque en la realidad estas cifras pueden estar por encima de lo
confesado en Justicia y Paz.
De
modo que si es por odio, tanto la izquierda como la derecha tienen motivos
suficientes para odiarse. Si es por cifras, no se sabe entre las guerrillas y
los paramilitares quien mató más civiles. Si es por tierras, no se sabe cuál de
las dos facciones despojó a más campesinos. Si es por desplazamientos, no se
sabe cuál desplazó a más familias de sus parcelas. Si es por narcotráfico,
tanto unos como los otros se metieron al negocio de envenenar gente a cambio de
dólares. Luego el único camino es el perdón. No hay inocentes en este proceso
salvo las víctimas a quienes el gobierno, mal o bien está reparando. Recordemos
que el anterior gobierno se opuso y se sigue oponiendo a esta ley.
No
hay otro camino posible para lograr una paz verdadera, duradera y sincera que
apoyar decididamente la reparación integral de las víctimas, apoyar el regreso
de los campesinos a sus tierras y apoyar el proceso de paz en la Habana con la
segura mutación de las FARC en grupo político.
Como
siempre, estaremos en el medio, esperando que nos puteen los de un lado y los
del otro por lo que decimos, por revivir la historia antes de que se desdibuje,
se esfume por intereses oficiales o se sesgue entre intereses partidistas. Desde
Manos Limpias seguiremos llamando a la unidad, pidiendo que cese el odio, luchando
para que los políticos mezquinos no nos dividan. Porque en este país no tomar
partido, no ser radical, estar al lado del camino de esos intereses
apasionados, es un delito peor que haber sido paramilitar o guerrillero.
Sí
al perdón, a la verdad, a la paz, a la reparación de las víctimas tanto de
izquierda como de derecha, al reintegro de la tierra a los desplazados, a la
tranquilidad. No a la guerra, a la muerte, a la mentira, al odio, al
revanchismo. Fin a una guerra que el próximo 9 de abril cumple 65 años y que ha
cobrado la vida de por lo menos 1 millón de colombianos. Aceptemos el juego
democrático. Al fin de cuentas es el menos imperfecto de todos los sistemas de
gobierno. Más bien dediquemos nuestras
energías a derrotar a los causantes de la violencia. Los que se han repartido el país mientras
como imbéciles nos odiamos. Solo unidos, podremos derrotar a los culpables de
que existan grupos guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes y delincuentes comunes: Los políticos corruptos
que se roban la educación de esos niños que cuando grandes, sin posibilidades
ni oportunidades terminan enrolados en estos grupos. Pensemos en Colombia, no en sus políticos
mezquinos. Pensemos en nuestros hijos y en el país que les estamos dejando. Que
la historia no nos juzgue, como a las pasadas, de ser una generación pusilánime
frente al delito. La generación que legitimó con sus votos a los corruptos que
están acabando con el País. Seamos la generación que construyó la paz para
Colombia y no la generación que la obstruyó y postergó por un odio pendejo y
pasado de moda, inoculado a través de tuits.


