domingo, 5 de enero de 2014

"EL EXTRAÑO ARTE DE MASACRAR TOROS"

"Crónica de una muerte anunciada"

Al igual que Santiago Nasar, el memorable personaje de la obra de nuestro Nóbel de literatura, “Bonito” también ignoraba que esa tarde de domingo lo iban a matar. Sólo lo sabíamos los 8 mil asistentes a plaza de Cañaveralejo.

Camuflado tras unas gafas oscuras y una cachucha, porque me daría vergüenza que alguien me viera en una corrida, ingresé a la plaza con mi hijo adolescente y me senté junto a un grupo de animados aficionados a la fiesta brava, a apreciar ese extraño "arte" consistente en masacrar toros en medio de burlas, alcohol, burlas, pañuelos blancos, oles y risas.

Luego del “paseíllo” una caminata en la que el torero se presenta al público con su cuadrilla, salió el primer toro. La plaza enmudeció. Sólo se escuchaban las notas de la canción que la banda papayera o pelayera como dicen algunos, estaba terminando de entonar. Todos nos quedamos a la expectativa de lo que iba a hacer el toro.
Un animal elegante, de pecho ancho, parado imponente y mirada altiva. En verdad infunden miedo. Sus pitones puntiagudos y de trayectoria imposible de describir, por sus curvas imperfectas, le hacen pensar a uno, que el torero ya está muerto, sin siquiera pisar el ruedo. Primera equivocación. Estaría muerto si se enfrentara al animal completo, en su estado atlético original. Pero no es así. Al momento empezó el “Tercio de varas”. Un acto de desgaste durante el cual el animal recibe una serie de punzadas en el morrillo, que le empiezan a restar energías. Luego vino el “tercio de quites” durante el cual el torero mide la bravura del Toro con lances elegantes de gran estética para los fotógrafos pero de gran fastidio para el animal.

Luego apareció un jinete muy elegante él, montado sobre un caballo muy fino, de pisadas calculadas y bailes asombrosos. El hombre, al que llaman “picador” saludó al público quitándose el sombrero y, acto seguido, se avalanzó sobre el toro con el único fin de empezarlo a desgastar físicamente.
Primero, lo hizo corretear su caballo un buen tramo y luego, empezó a clavar sobre su lomo una vara que hizo brotar las primeras gotas de sangre de un color casi negro, al pobre animal, que a esa hora se enfrentaba no solo a la prepotencia y humillación del hombre y el caballo que lo mortificaban, sin que él supiera porqué diablos, sino también al delirio de 8 mil espectadores sedientos de sangre, la mayoría embriagados de manzanilla y whisky trasvasado a las botas licoreras de cuero.

Cuando el picador o rejoneador salió del ruedo en medio de aplausos, ya el toro estaba babeando, claramente muerto de sed. Mi hijo me preguntó si le podían dar agua. Pero el agua nunca llega. En cambio apareció un tipo con pinta de acróbata de circo con unos pinchos de flores en sus manos y se paró desafiante frente al toro. El sediento animal lo miraba con curiosidad mientras el payaso se paseaba frente a él, a prudente distancia, provocándolo para que viniera a perseguirlo. Al final lo consiguió. Cuando el toro emprendió carrera tras del “banderillero”, este lo aguantó con un trote suave y adrede hasta que lo tuvo cerca para hacerle un quite, levantarse con los pies juntos y clavar sobre su lomo un par de banderillas. Unas armas coloridas con flecos de colores en un extremo y unos arpones en el otro que perforan el cuero del animal y se incrustan en su músculo, haciéndolo sangrar de nuevo. Las banderillas, muy vistosas por cierto, quedaron colgando del animal en medio de los aplausos de los asistentes.
Era sólo el inicio de la tortura. Incluso alguien me dijo que cuando los banderilleros son enanos, la gente goza más y las burlas hacia el toro son mayores.
Y así fue, luego salió otro banderillero y otro y otro y todos clavaron sus banderillas sobre la animalidad del toro conformando una especie de racimo sangriento, o un ramo de flores de cementerio sobre su espalda.

Con más sed, fastidiado, mermado físicamente, el toro miraba a la multitud sin saber qué diablos estaba pasando. A lo mejor haciéndonos muchas preguntas que nadie respondió y que se quedaron dando vueltas en el ambiente: ¿Qué les he hecho para merecer esto? ¿Por qué se ríen y celebran cada vez que me clavan un chuzo en el lomo? ¿Ustedes son los reyes del reino animal? ¿Ustedes los que pueblan las gradas son los que manejan este pobre país? Luego escarbó entre la arena como diciéndonos: ¡Con razón!

Antes de empezar la tortura, el torero hizo la venia. La gente se puso de pie para aplaudir su valentía y los músicos aumentaron el volumen del clásico “Fiesta en corraleja”. El Toreador le lanzó su sombrero, a manera de frisbee, a un personaje importante. Algún portentado de "buenos modales" de los que dicen por TV no a la violencia".
Una mujer elegante que lo acompañaba le correspondió con un beso al viento. El toro seguía la escena ahora más confundido que nunca. No hallaba si lanzarse sobre el torero o esperarlo, pero como tienen más ética que los humanos, Bonito decidió no atacarlo.

Enseguida el torero tomó la “muleta” un capote parecido a un telón de teatro, rojo por una cara y amarillo por la otra, y se acercó al toro. Con suma cautela, como estudiándolo, se acercó al animal y lo invitó a embestir con el capote que ondeaba entre sus manos. El Toro se sintió tentado y se fue en busca del trapo que lo estaba fastidiando. El torero hizo el quite con algo de maestría porque el toro cayó de rodillas a la arena y el público empezó a aplaudirlo y a gritar ¡Ole! ¡Ole! ¡Ole!

Al cabo de varias verónicas y chicuelinas y no sé qué más figuras, según los expertos, lentas como caricia del viento, elegantes y arriesgadas, el toro se rehusó a embestir de nuevo. Lucía cansado. Por la boca le salían los últimos saldos de saliva. Estaba seco. Su lengua afuera pedía agua a gritos. Pero como la faena del torero había sido “magistral” la gente enloqueció pidiéndole que entrara a matar. Otros pedían el indulto del Toro. Imaginen la prepotencia de la raza humana. Otorgar el indulto a un animal cual dioses. Otorgar el “indulto” a un animal que no ha cometido delito alguno. Finalmente se lo negaron. Qué ínfulas de Dioses tienen esos señores que consideraron que bonito no merecía pasar su vida follándose 20 vacas en un corral como semental de alguna ganadería.

"Bonito", el Santiago Nasar de esta historia, seguía inocente de su inmediato futuro. Entonces un miembro del séquito le alcanzó al verdugo una espada como de un metro de largo, puntiaguda, brillante y afilada que camufló como bastón dentro de la muleta que también recibió de manos de otro de sus ayudantes de la cuadrilla.

La plaza quedó en suspenso. El torero empezó a acercarse al pobre animal con pasos de bailarín fracasado y, poniendo la empuñadura de la espada entre su nariz y su ojo derecho empezó a medir el punto por el que esta debería atravesar el cuerpo del toro. La idea era cercenar su vena aorta de un tajo para evitar el sufrimiento del animal. Hágame el maldito favor. Evitar el sufrimiento de un animal que ya llevaba media hora siendo vejado y humillado por miles de personas.

Entonces el percusionista de la banda empezó a angustiar el ambiente con un redoble continuo que a todos puso los pelos de punta. Bonito seguía sin entender nada. Vino a saber lo que estaba pasando cuando el torero trotó hacia él con el estoque en situación y lo clavó sin misericordia. Qué dolor tan hp. La espada quedó colgando de su cuerpo porque el torero falló en su intento de atravesar el animal.

En esta primera puñalada litro, sólo le atravesó los pulmones pero no alcanzó a romperle el corazón. Supongo que fue así porque Bonito no murió. Entonces el Torero, pidió otra oportunidad a la presidencia y le fue otorgada. Ya con más odio que técnica, el perdedor de la tarde empezó a emborrachar al toro con varios pases, unos que llaman naturales y otros que llaman verónicas y logró devolverle la fe a los asistentes gracias a la respuesta de Bonito que para entonces ya se dejaba guiar sólo por el instinto de supervivencia. Estaba rabioso y no era para menos. Ese humano, que él respetó, le acababa de clavar una espada. Entonces vino el segundo intento. El Matador, que hasta ahora era solo un heridor, se volvió a parar con elegancia frente al toro que pedía clemencia con sus ojitos grandes mientras expulsaba sangre por la boca. Con una mano, el diestro (por aquello de la derecha) lo invitó a embestir el trapo rojo y con la otro apuntó con su espada. El toro aceptó el reto y se lanzó sobre su matador. Pero el humano fue más hábil y le logró incrustar la espada entre los omoplatos y el corazón, antes de esquivar sus pitones. Pero sólo fueron 80 centímetros de acero, desde la punta de tres canales hasta la empuñadura. El torito se retorció de dolor mientras le gente aplaudía a su verdugo. Porque ellos sienten, si es que lo dudan. Lo imagino sediento, moribundo, inocente aún de lo que estaba pasando, escuchando una gritería ensordecedora y atravesado por un metal. La gente aplaudía a rabiar. Algunos agitaron pañuelos blancos y levantaban sus botas licoreras hasta vaciar su contenido sobre sus bocas apuntando al cielo.

Pero como el toro no cayó al suelo, aparecieron todos los integrantes del séquito de sirvientes del torero, unos seis payasos con trajes de luces y unos sombreros negros con las orejas hacia abajo y empezaron a emborracharlo con una y otra pasada del capote por su cabeza. Una gavilla, algo así como una Convivir unida para acabar con la vida de un terrorista.

Cuando la presidencia decidió que el tiempo para que el toro muriera ya había pasado sin que Bonito besara la arena, ordenó un acto más cruel que todos los vistos. Algo así como un tiro de gracia pero con un puñal. Leí después que a ese acto le llaman “descabellar” y consiste en clavar una espadita pequeña con una punta en cruz, en la frente del toro para provocar su muerte inmediata.

La muerte de Bonito se tornó inevitable. No había una sola persona entre los 8 mil asistentes que abogara por él y menos que lo defendiera. Mi hijo con sus ojos llorosos y aterrados y yo con mi morbo de cronista éramos los únicos que lamentábamos esa secuencia de hechos violentos que estaban acabando con su vida.

En esas el matador, muy desconsolado por no haber podido matar el toro de una sola estocada, se acercó al animal, con la experiencia de un sicario matón. Se paró frente a él y sin que mediara una razón, en una especie de juicio sumario, le clavó la espadilla una, dos, y tres veces al torito, más exactamente en las cervicales, hasta que por fin, para alegría de los asistentes, cayó al piso, sediento, desangrado, humillado, martirizado. Y como tampoco murió un mozo tuvo que ultimarlo con un puñal.

Mi hijo se tapó los ojitos. Enseguida vino el veredicto del jurado o de la Presidencia como le llaman. La gente estaba dividida. Algunos lanzaban silbidos castigando la ineficacia del torero por no poder matar al animal en el primer intento y otros agitaban pañuelos blancos, tratando de premiar la faena que, a juicio de muchos, fue magistral. Al final el jurado decidió otorgarle como premio una oreja. Oigan bien: una oreja del toro asesinado. Entonces se acercaron al animalilto y, como paramilitar en olimpiadas, le quitaron una oreja con un cuchillo de cocina.

Con la oreja en la mano, para completar la salvajada, el torero dio la vuelta al ruedo en medio de aplausos, música, vivas y pañuelos blancos. Me dicen que, de haber cortado las dos, su cuadrilla lo hubiese sacado en hombros y que, incluso, la presidencia le hubiera permitido cortar el rabo al animal.

Al momento apareció un carruaje, parecido a los de la Roma antigua, su conductor amarró al toro y se lo llevó a rastras hacia el callejón. La huella del cuerpo sangrante sobre la arena fue todo lo que quedó de “Bonito”.

Cuando anunciaron el segundo de la tarde, porque los condenados eran seis, me levanté de las gradas. Entonces abracé a mi hijo y le pedí perdón en nombre de la raza humana, por algunas cosas inexplicables que suelen pasar, como las corridas. El me pidió que jamás lo volviera a traer a una plaza de toros como no fuera para ver algún artista en concierto y nos fuimos. Muy aburridos y tristes. Yo pensando en cómo empezar a escribir esta crónica y él pensando en Bonito. Me preguntó si lo iban a vender en los supermercados al día siguiente y no supe qué responderle. Entonces me dijo que jamás volvería a comer carne. Hasta ahora ha cumplido aunque le expliqué que la carne para el consumo humano se consigue sin humillar al animal, sin aplaudir cuando muere, sin martirizarlo.

Antes de que los puritanos del tema me acaben por el uso inapropiado de varios términos, que a lo mejor no son los tradicionales en la fiesta brava, dejo claro que no soy, ni seré ni quiero ser un erudito en el tema. No me interesa aprender a hablar de algo que estoy detestando tanto. Para pasar de intelectual, como lo hacen muchos, sólo me hubiera bastado con abrir Wilkipedia en este link http://es.wikipedia.org/wiki/Corrida_de_toros y citar un par de expertos y algunas frases de toreros famosos. Pero no. Sólo quiero llamar la atención, en el lenguaje parroquiano de un activista promedio, sobre algo que muchos en las redes están reclamando y es sobre el maltrato animal.

En la pasada feria de Cali fueron asesinados 58 toros, en la de Manizales serán sacrificados desde hoy, con humillación y todo, otros 60. En las ferias de Medellín y Cartagena morirán otros 80. Contando las Ferias pequeñas de toda Colombia solamente, porque como saben este arte extraño de celebrar la muerte de un animal con pañuelos blancos es popular en España y varios países de Latinoamérica, estamos hablando de la masacre de por lo menos 800 toros al año.

Calculo sin estadísticas a la mano que se sacrificarán unos 20 mil toritos en todo el mundo, obviamente en países subdesarrollados, aunque en Francia, Panamá y Portugal se continúa toreando pero sin matar al toro. 20 mil animales que crecen en condiciones infrahumanas de encierro y limitaciones sin ninguna esperanza de vida.

En defensa de los amantes de las corridas debo decir que ancestralmente tienen su razón de ser. Que apoyar la fiesta brava no los convierte en bárbaros ni mucho menos en cómplices de maltrato animal. Simplemente heredaron una extraña forma de diversión que tuvo razón de ser a mediados del siglo XVIII e incluso hasta las postrimerías del siglo pasado cuando la raza humana no había evolucionado, con cicatrices, hacia la filosofía de la no violencia. Pero ahora, en pleno siglo XXI, en pleno tercer milenio, con generaciones de niños tan inteligentes y sensibles y organizaciones defensoras de la vida animal ya no tiene razón de ser.

Hubo un síntoma que presagia un buen futuro para el fin de las corridas de toros. Las plazas ya no se llenan. O bien porque los narcos, asiduos clientes de las corridas andan en desbandada o escondidos, o porque, ojalá sea por esto, la gente ya está sintiendo vergüenza de asistir a presenciar esas ejecuciones públicas de animales que cada vez encuentran más rechazo.

A diferencia de Santiago Nasar, a quien los hermanos Vicario mataron por haberle quitado la virginidad a su hermana Ángela, “Bonito” murió sin saber por qué, sin haber cometido pecado alguno y mucho menos sin haber disfrutado de una hembra porque para mantener su ímpetu jamás fue presentado con una vaca. Esta barbarie que no puede tildarse ni de arte ni de cultura debe desaparecer de nuestro país.


Aunque la Corte Constitucional está a punto de fallar una demanda en contra de la decisión del Alcalde Petro de prohibir las corridas de toros, en Bogotá ya se abolió esta abominable masacre de animales hace dos años. 120 toros se salvaron de morir en este lapso. Se sumó Quito en Ecuador. Se sumó Durango en México. Se sumó la emblemática ciudad española de Cataluña. Ya son 90 las ciudades del mundo que han prohibido esta barbarie. Lastimosamente Cartagena, donde no se celebraban mascares hace tres años, en 2014 volvió a revivir la fiesta brava de la mano de su alcalde Dionisio Vélez a quien no le importó una huelga de hambre y sed de ocho días adelantada por una valiente activista contra el maltrato animal, Fanny Dinorah Pachón. Para ella todo mi respeto y admiración. Ojalá esa epidemia de cordura se expanda pronto hacia los lugares del mundo que se niegan a evolucionar hacia una mirada sublime y sagrada de la vida. La tortura no puede estar por encima de la cultura. El arte no puede estar relacionado con ninguna muerte. La tradición no puede estar por encima de la razón. La humillación y hasta el respeto por el cadáver deben ser parte de los nuevos hombres que poblamos la tierra. Sí a los Toros pero vivos y altivos como el toro de Osborne:

6 comentarios:

  1. Vivimos en un País aun anacrónico, indiferente y con una pobreza mental absoluta, los que defienden estos asesinatos de animales presuntamente defienden la cultura y las costumbres, entonces si esto fuese así tendríamos que devolvernos a esclavizar o mejor llevar a estos toreros a una plaza plagada de leones en donde ellos fueran la presa de caza y en donde se soltaran a estas fieras salvajes y los destrozaran igual como hacen con los toros, que viva nuestra cultura anacrónica y obsoleta en donde no se respeta la vida de la naturaleza.

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  2. en la facultad de zootecnia de Fusagasugá, un compañero ya olvidado pateó un perro muerto que íbamos a diseccionar... el Dr lo sacó a tirones del aula - anfiteatro " los cadáveres se respetan, así sean de animales pendejo"
    No le veo nada de arte a las masacres en las plazas, mis hijas jamás deben ver esto es realmente vergonzoso ...

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  3. No les parece curioso que los aficionados a esta barbarie son tan cobardes como los toreros? , cuando los han visto defender algo tan decadente , retrógrada y sin sentido ?...que argumentos podrían tener ?

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  4. Quienes asisten a este espectàculo siniestro son còmplices sociales de una masacre como las que vemos que suceden en este pais muy regularmente!!!excelente la interpretaciòn con la obra de Garcia màrquez!!!

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  5. Gracias a esta excelente, aunque cruenta crónica, pude profundizar por laberintos insospechados que cobija este vil hecho. Mi aversión a esta salvaje práctica, me cegaba ante cualquier documentación cercano al tema. Hoy tuve el valor de leer estas lineas escritas en medio de la sangre derramada por tan inocente criatura, mis ojos se empañaban a medida que avanzaba en la lectura, resulta imposible no llorar ante una realidad que supera la mas sangrienta película de terror. Gracias Gustavo B. por llevar sensibilidad y civilidad a esta parte de una sociedad que como bien usted lo dice, se niega a evolucionar.

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